Margarita

Leonesa ella, de mejillas amoratadas de tan rojas, y de estatura corta pero complexión tan fuerte que, cuando algunos días a media mañana la veíamos embutida en un abriguillo azul que le quedaba estrecho, tocada con su cofia y con sus guantes blancos desfilar tras Chirino cargando cada uno una de las espirales de viento que llevaban, por lo visto, a alguna forja o fragua, no parecía estar haciendo, a juzgar ― dice ― por el aplomo con que mantenía un pasito tras otro de sus pies tan pequeños siempre el mismo ritmo, esfuerzo alguno.
Chirino, por entonces, nos daba clase de inglés y también algo de modelado y dibujo y, en el espacio que quedaba entre el gimnasio ― una construcción de madera que podía ser tal vez prefabricada, pero muy bonita, adosada con mucha gracia al flanco izquierdo de un vestíbulo que, por el derecho, daba acceso a una habitación circular (de piedra, como el vestíbulo) donde, recuerda, nos recibió Mari Pepa la primera vez que fuimos para ver si había plaza y si me admitirían en aquel colegio que parecía reunir los requisitos que deseaban mis padres: un colegio no religioso que quedaba tan cerquita de casa…― y la tapia trasera que separaba el colegio del campo, trabajaba el hierro.
Era bastante sarcástico y un poquito mordaz y, entre bromas y veras y su saber decir de aquella manera que me hiciera pensar que todo lo inglés era pura elegancia ― él no era (o “es”, quiero decir, porque no he leído ni escuchado que no siga en este mundo, aunque sí sobrepasando ya los 80 años) inglés, sino canario, pero ponía por las nubes y adoraba todo cuanto tuviese que ver con Inglaterra en general y con Londres en particular ―, en más de una ocasión bajó los humos de alguna vanidosa. Yo lo vi.
Fui testigo en más de una ocasión de su aversión a ciertas estupideces aunque, para no faltar a la verdad, también a veces fui su víctima.
No por los mismos motivos que las otras, ¡ni muchísimo menos!, creo que lo que de verdad le irritaba de mí era mi timidez, mi cortedad, la falta de temperamento o de valor para plantar cara, yo, por mis propios medios, a ciertas maldades que las personas con autoridad ― Pepita, Many, Mari Pepa ― no habrían debido consentir caso, que no se dio, de haber andado atentas.

Dice.

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