Compadecencia

‒ ¿Podría usted proporcionarnos una descripción de la encauzada?

‒ Parecía una de esas duermevelas curvadas que tan pronto se bifurcan hacia el inminente arrebatar el azul al calor del fuego como hacia el violento entrechocar de candiles contra maledicencias, pero si se la observaba con detenimiento podía apreciarse que tenía un sabor muy parecido al que se desprende, en pequeñas escamas parpadeantes como si fueran de obsidiana o ― tal vez y para los menos exigentes ― de una muy poco frecuente variedad  de olorcillo impreciso a costumbre de no dejarse intimidar por el aletear impertinente que producen los miedos cuando se los obliga a abandonar a sus vástagos en mitad de un temporal, de la tendencia tan acusada que tienen ― no todas, pero sí muchas y sobre todo las de colores lentos ― las embocaduras de determinados instrumentos que, siendo de percusión aun sin descartar que los pueda haber de cuerda, se empecinan en cabalgar a lomos de bolas de nieve que, antes o después, terminan por derretirse.

‒ Comprendo. Pero díganos, ¿la observó con el detenimiento suficiente como para poder apreciar tantos detalles?

‒ No tuve tiempo. La bola era demasiado pequeña, y el día uno de esos, ya sabe, terriblemente caluroso de pleno verano.

Imprudente sensación

Discurriendo, así, a buen paso, y sin pararse a bruñir qué pudiera concitar el alegre balbucir de los blancos aledaños de la orquídea sesteante en brazos de los resortes oscuros de un pedigrí carmesí y más bronco, incluso, que la incuria en que se vieran sumidos los pasamanos de escaleras a desvanes o, en su intelecto, los trasgos que deambulantes disipan las deudas de los tiranos; trascurría, entre sargazos, la imprudente sensación de haber desgajado el don que adornara el estertor cuellilargo y retozón del eslabón de la flor pendiente del aldabón que del sueño la arrancó.
‒ ¡Si te hubieras avenido! ― se musitó, consternada, y teniendo para sí que en torrente o en desliz no sería ni en punto hora ni en presagio azul o gris ni, en sensación, salvadora.

Más Silogismos

Tiempos indelebles trazos perdidos

Delgados, apenas si se perciben, esos trazos indelebles que marcan tiempos perdidos revelando, desmedrados, mortecinos, claros errores rebeldes que se esconden de un olvido por evitar que resurja porqué de sinrazón nueva con razones peregrinas…  Tan oscuras que dan miedo y tan necias que dan risa.

Más Circunloquios

Estragos

Se decía que era bajito, y amotejado y oblicuo, descalabrado y fangoso, y caminaba vertiendo esquinas y dilatando los cinceles de armaduras que, al crujir de nubarrones calientes pero de arena, cautivaban desde el ronce de sus colmenas heridas los flamencos que encajaban entre los dientes las tórridas caricaturas de algunos ― pocos, y de los más áridos ― que, desconociendo el cuánto del para qué de adminículos tropezando entre colores o descuidando asteroides, escapaban de tornillos, de pincernas y bolsores, para estragarse a descuento en trazos de mil resquicios que los trenzaban ― de a cuatro ― y luego los dirimían hasta dejarlos en ciernes o, cuando menos, en liñas.

Más Exequias