Estragos

Se decía que era bajito, y amotejado y oblicuo, descalabrado y fangoso, y caminaba vertiendo esquinas y dilatando los cinceles de armaduras que, al crujir de nubarrones calientes pero de arena, cautivaban desde el ronce de sus colmenas heridas los flamencos que encajaban entre los dientes las tórridas caricaturas de algunos ― pocos, y de los más áridos ― que, desconociendo el cuánto del para qué de adminículos tropezando entre colores o descuidando asteroides, escapaban de tornillos, de pincernas y bolsores, para estragarse a descuento en trazos de mil resquicios que los trenzaban ― de a cuatro ― y luego los dirimían hasta dejarlos en ciernes o, cuando menos, en liñas.

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