Algarabía

El problema no era sólo que y aunque ya sería muy poco para refrendar que las musarañas  vinieran en apretada comitiva, como es de rigor, que no bien de recibo acusado por quién podría adivinar y a oscuras, además, como estábamos qué despreciable lenguaraz infiltrado con acreditación a todas luces falsa defendiendo y vociferando, con argumento tan de todo punto falaz como el “no son monas” desde la antigüedad con uñas y dientes el derecho a ser pensadas y ante la evidencia de que la aguja se negaba con obstinación a encarar la afrenta de no ser jamás encontrada en no importaba si pajar o cualquier otro lugar ella, la más hermosa de las monas y tras consensuar con sus hermanas ser la representante legal aun no siendo ello óbice para sin hacer gala de la menor piedad maldecir “¡pequeña cíclope!” accediese a ser pintada sino que  para complicar, si es que cabía, un poco más las cosas y como condición inexcusable luciendo el traje, los adornos y demás aderezos que identifican de manera inconfundible e inequívoca a todo personaje muy principal asegurando, con las cabezas muy altas que, herida en lo más profundo de su honor tan fino, ya se las ingeniaría ella para no pasar inadvertida y demostrar hasta qué extremos puede ser punzante o, por lo menos, con la dignidad indispensable para hacerse respetar si, como esperaba, la calzaban para ocasión tan memorable con tacones altos y finos de esos que llaman de… “¡pequeña cíclope!”

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