Del bien y del mal, y de la objetividad y la subjetividad.

En la última clase de Filosofía de La Academia, antes de las vacaciones de Navidad, hablábamos de Platón y Aristóteles, y derivamos hacía qué es el bien y qué es el mal, y hacia la objetividad y la subjetividad.

En un momento, y a resultas de alguna opinión que había expresado yo al respecto, un compañero de clase me instó, vehemente, con mucha premura, y bastante seguro (a mi entender) de qué es el bien y qué es el mal, a responderle a su pregunta “¿matar a una persona es bueno?”. O puede que la pregunta fuese “¿matar está bien?”; no sé recordarlo con exactitud.

Recuerdo sí que le respondí algo tan tópico y manido como que lo estaría (o sería bueno) si estuviera yo viendo que la persona estaba matando a un bebé, y esa fuese la única forma de evitarlo.

Hoy, pensando en el asunto y con la distancia de los días que han transcurrido, considero que mi respuesta no fue acertada. Que más acertada hubiese estado si hubiera respondido que, al margen de qué puedan ser el bien y el mal ― en sus términos absolutos el uno y el otro y desde la aceptación de que esos términos absolutos me resultan (a mí al menos) inabarcables ―lo único que cabe hacer es obrar del modo que a criterio de cada cuál sea el adecuado, el que se entienda por ineludible ante una situación determinada, y con independencia de cualquier tipo de interés o búsqueda de beneficio personal, ya sea de índole material o espiritual.

Eso es lo que hoy pienso, aunque entonces no lo dije, no sé ya si porque me pareció una frase demasiado elaborada y larga en exceso para mis habilidades, que (como he confesado en ocasiones) la palabra hablada no es precisamente mi punto fuerte.

El caso es que hoy, ahora, al escribirlo, vuelvo a darle vueltas ―esta vez quizás más a mi recién expresada opinión― y ello me lleva a diversas y variopintas digresiones porque:

Aun en la entera seguridad de estar actuando de la manera más correcta a que se tiene acceso, ¿puede tenerse seguridad igual de entera de que lo que entendemos como bien o como bueno, e ineludible, no será un mal o malo (aunque sea de forma indirecta) para un algo o un alguien y aunque ese algo o ese alguien nos sean del todo desconocidos y aun impensados?

Vuelvo al ejemplo del hombre que está matando al bebé.

Si yo mato al hombre para evitarlo estaré actuando en beneficio del bebé. Y eso estará teniendo algo de bueno. Pero también estará teniendo algo de malo que le esté quitando la vida al hombre.

Pero, además, me pregunto, en el caso del hombre ―yo, por aquello de la subjetividad, voy a salir de la escena y quedarme al margen―, ¿cómo puedo estar segura de que por más asesino que sea (cómo me he salido de la escena quizás antes de tiempo ha matado al bebé, y mira que lo siento), es única y solamente un asesino?

¿No cabe considerar que aparte de su abominable condición de asesino pueda estar adornado de cualquier otra condición elogiable que pueda inducir a alguien ―ese alguien desconocido o impensado―a amarlo o necesitarlo ya sea material o emocionalmente?

Porque, pienso, cada ser humano puede tener infinidad de perfiles además de los que desde la más absoluta y desapasionada objetividad sean del todo incuestionables y enjuiciables.

Un asesino  ―que sigo con el asesino, pero ya que se me ha puesto a tiro…―puede, por qué no (y esta frase no es netamente mía, que la leí en alguna parte, creo que en las Memorias de Adriano) ser un buen hijo, por ejemplo, o (añado yo) amante de los animales o del todo justo o ecuánime a la hora de enjuiciar cualquier hecho sobre el que formarse un criterio y aunque el tal criterio se manifieste o no; y si el tal criterio fuese manifestado, y lo conociéramos, y estuviese acorde con el criterio nuestro diríamos (más si desconociéramos que mató) que es un hombre justo, o un hombre bueno.

Y por eso me temo que, quizás, es imposible estar seguro de estar haciendo el bien porque, me pregunto algo más, qué pasa si (por otro ejemplo) el asesino tiene una madre que lo adora y desconocedora (o aun no) de la condición del hijo sufre, emocionalmente, o padece algún tipo de perjuicio (aun en el caso de que sea nada más de índole material o práctica) con su muerte.

Y por eso me gusta la filosofía. Porque induce inevitablemente a preguntarse, de entre todas las maneras de pensar posibles, ¿cuál de entre todas es la que “yo” pueda denominar “la mía”, a la que me adhiero de forma absoluta y rotunda?

Y me contesto que en puridad ninguna. Y que si alguna sí lo es estará, aunque no quiera o sepa yo identificar el “quién”, modelada, impregnada, absorbida o incorporada a mi “yo” desde el pensamiento de alguien que puede ser, incluso, un alguien con quien de partida y antes de pararme a reflexionarlo, pueda afirmar estar (o haber estado) en absoluto desacuerdo.

Por eso, repito, me gusta tanto la filosofía.

En comentario a https://www.facebook.com/laacademiaarteyciencia/posts/1950107035298880

 

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