Reliquia de un soliloquio

Correr a cielo abierto, sobre tumbas desnudas, con los ojos cerrados y sintiendo en la piel el tacto de la tierra.

Cerrar a cal y canto los ojos a qué quiero no ver por no juzgarlo, por no saber que siento dolor al enjuiciarlo.

Calmar la sed que empapa el clamor de palabras renunciando al derecho tan suyo a ser habladas.

Cavilar despacito antes de no dar tregua a qué cabe entenderse por la recta conducta ajena a pareceres.

Cribar con tamiz fino el grano de la paja, y quedarme tan sólo con qué ya no contiene residuos ni desechos de encubierta falacia.

Contar sin confundirme cuantos cuentos se cuentan lejos de confortables fuegos de chimeneas que dicen de princesas, dragones y fantasmas.

Calcular la medida exacta de la entrega con que debo no darme a ceder a quimeras ni a abjurar de qué entiendo por verdad con certeza.

Contener el impulso que alienta a no medirse ni a mirarse de lejos, con la sabía distancia que pondrá coto y veto a burlas y a lamentos.

Cincelar muy finito, y sin que tiemble el pulso, los surcos que recojan recorridos que busquen un lugar en el tiempo donde no pase nada.

Culminar la tarea de vivir en el mundo sin haber olvidado que morir es tan sólo romper con las amarras que conculcan las leyes terrenas y arbitrarias.

Conocer el sentido de la palabra justa que no confunda a nadie cuando digo “conculcan” las leyes de que hablo, no las leyes sagradas.

Enterrar en las tumbas desnudas de que hablo el correr de las horas que he dedicado a penas y a apenas diez cigarros.

Y romper la cadencia decadente y malsana de ceñirme a la norma que por jugar me impuse de conjugar sonidos con ritmos y palabras y expresión de deseos que no sé si me agradan, me oprimen o me enfadan.

A correr.