Conflicto emocional

Empecé mi segundo intento de clases de teatro hace poco más de un mes. Ya había hecho otro el curso pasado, pero a la segunda clase abandoné. No me sentía con fuerzas para falsearme tanto, para simular creerme a mí misma en gestos y actitudes que no eran míos.

Pero luego, ahora, he querido ver las cosas de otra manera. Entender que falsearse (como yo digo) es tan sólo una forma de sobrevivir, y que mi verdad (o lo que reconozco como mi verdad) es únicamente asunto mío, que no tiene por qué afectar ni interferir en mi relación con un mundo que en absoluto necesita ser entendido ni tolerado por mí para seguir girando.

Y, bueno, la cosa no ha empezado mal. Incluso estuve a gusto, o muy a gusto, en las dos o tres primeras clases, aun a pesar de que el texto que manejábamos era de Lorca.

El miércoles pasado la situación apuntó indicios de complicarse cuando me enteré de que el trabajo giraría en torno a la homosexualidad.

Los días anteriores no lo había notado; y no me causaba desazón alguna que me dejasen del todo indiferente las palabras, los diálogos que manteníamos y aunque me pareciesen del todo absurdos; a mí lo disparatado siempre me ha atraído; es más, considero que sólo lo disparatado y absurdo rompe, un poquito al menos, con la vulgaridad insufrible de la cotidianidad.

El miércoles pasado me enteré de que se trata de El público, obra que yo alguna vez había oído nombrar, sí, pero que desconocía por completo.

Entonces Irina habló de la homosexualidad, y pidió a dos de los alumnos (hombres) que actuasen como enamorados. Y habló de la homosexualidad y de las relaciones amorosas entre hombres en un tono aquiescente, elogioso incluso, que entra en abierto conflicto con mi manera de sentir.

Permanecí sentada y callada, como todos, simplemente mirando cómo ellos actuaban. Lo hacían con elegancia, no voy a negarlo, y en las actitudes no había (por supuesto) nada absolutamente obsceno, pero…

Y nos pidió que leamos la obra.

Aún no la he recibido, pero la he encontrado en pdf en internet.

Y la he leído, sí, entera. Y aunque el texto no me gusta no he sido capaz de darme cuenta de que haya homosexualidad en ella; o tal vez es que ella, Irina, quiere como directora darle ese matiz. No lo sé…

Desde mis primeros y ya muy lejanos contactos con el teatro de Lorca, cuando de muy joven, adolescente, en realidad, asistí al teatro con mis padres a ver Bodas de Sangre, La casa de Bernarda Alba, Yerma…

Yerma, más que cualquiera de las otras, me resultó especialmente desagradable. Cuando ya de mayor tuve unas nociones un poco menos imprecisas de qué son el sexo y la sexualidad, me vino algunas veces a la cabeza Yerma; y, a la nariz y sin saber por qué, un repugnante olor a esperma.

Así que, en esas estamos.

Lorca, El público y la homosexualidad.

Y me pregunto, con un nudo en el estómago, cómo saldré de esta.

Pero, ya digo, debo mentalizarme, meterme en el “papel” de alumna que asiste a clases de teatro. Y limitarme a hacer lo que se me pide, y poner toda mi voluntad en hacerlo no ya lo mejor que pueda, sino bien…

Bien porque ya es hora, a estas alturas de mi vida, de que aprenda a dejar de complicármela y de sentirme sucia, sí, sucia, cuando miento.

Bien, también, porque para ser coherente con mi obsesión por el perfeccionismo no me puedo conceder la licencia de hacerlo de otra manera.

Un pie delante del otro

Un pie delante del otro, camino de alguna parte
donde no se parta el tiempo
entre el ayer y el mañana.

Un pie delante del otro, camino de algún instante
donde todo sea ahora mismo,
donde nada deje nada
de memoria ni de olvido ni rastro de las pisadas.

Un pie delante del otro,
y la cabeza bien alta,
y la vista siempre al frente sin apartar la mirada
de qué adivina a lo lejos lo que los ojos no alcanzan.