Y sin saber Qué, sería

Desde nunca hasta otra parte, pasando por quién diría, caminaba sin moverse el tiempo que se moría entre los dedos de Tiempo que como cuentas corría buscando cuántos instantes perdidos encontraría en cada latido nuevo de cada aliento de Vida.

Y sin moverse corría, y sin garganta gritaba, y sin aliento seguía bullendo dentro de Alma qué impulso que no cejaba en su empeño por alzarse por encima de los cielos y de todo cuanto abarcan.

Y sin aliento alentando a no abandonar sabiendo no saber qué lo movía.

Y sin saber no dejaba de saber que no podía abandonar su destino de seguir pasando cuentas del rosario que enfilase Qué que Destino recaba, sin moverse, y sin palabras.

Aconteció en un lugar amargo

y, al despertar apenas escondido, resucitó de espaldas al presagio del no olvidar por nunca el siempre esquivo extraño colofón de los desvíos a que condujo, a paso rápido y preciso, el desterrar del alma los avíos que dieron ser, en los huesos ya desnudos, al discurrir sediento de los ríos en pie de paz, amor y el siempre vivo fulgor de los rayos anodinos de un otra vez, más recio y menos aterido, helado sol tremolando entre suspiros.

Una mañana resuelta

Una de esas mañanas frías de invierno, de cielo plomizo, y el sonido del tráfico amortiguado como si todo estuviera envuelto en algodón que, sólo había que mirarlo, no era algodón porque, todo el mundo lo sabe, cuando decimos “algodón” lo pensamos siempre blanco y aquel cielo era gris.

Pero nadie se fijó en el tráfico, ni en su envoltura; nadie reparó por tanto en de qué era ni de qué color.

Y avanzó. La mañana avanzó. Pero nadie se fijó en su avance, nadie lo notó tan ocupados todos en atender a qué los movía, a ellos, a qué los llevaba de un lado a otro y a echar ocasionales ojeadas al reloj en la muñeca o en el móvil.

Pero siguió, adelante, como si la indiferencia de los seres pensantes o aunque fuesen nada más sintientes – o al revés, pero no se lo planteó tan ocupada también ella – no le importara o su objetivo fuese tan urgente que no le diera margen para la menor distracción.

Y sí; logró, aun con esfuerzo tan indecible que para qué – pensó – tomarse la molestia de expresarlo, abrirse paso hasta un cielo abierto, en canal, de parte a parte bajo el pretexto de que – según relataron los desocupados que sí podían permitirse el lujo de perder su tiempo y sus energías en explicar qué habían escuchado de los expertos, de los enterados, de los que libres de culpa sobrevolaban con idénticas desenvoltura y ligereza el bien que el mal – requería una intervención de inmediato, a vida o muerte.

Y lo miró. Después de haber llegado hasta allí venciendo tanto obstáculo, tanta grisura, se sentía obligada a, aunque fuese nada más por gratitud, dar satisfacción a qué de forma del todo desinteresada la movía; y por eso miró, al cielo, para ver cómo – sin un gemido, en un silencio tan profundo que hasta el ruido del tráfico, sabedor de que no había nada que ahogar, cesó – se desangraba en ríos de azul.

Filigranas y festones

y fantásticas ficciones fulminando flagelantes festines que con fruiciones desmedidas y alocadas desmayaron del encanto que les ofreciera el trato de trocar capa por manto de amazona en su caballo, de alondra en un camposanto, de ratón a buen resguardo del felino presuroso que se afana por cazarlo; fracasaron rompedoras contra las olas tortuosas que atronadoras rogaban al azul del mar la calma quebradiza de la infancia.