Espiga

Despertaron a deshora de un dormitar que a trasmano disparaba las alarmas sobre saltos de caballos de ajedreces dando jaques a reyes amedrentados por la altivez de qué damas que reinas de corazones en pasiones atrapados latían a ritmo de lentos eslabones enlazados entre cruces de caminos discurriendo pensativos, confusos, atribulados, embozados en las veces que tantas voces gritaron en gargantas y torrentes y desfilar de rosadas texturas de piel de seda sedienta de ser rozada por la caricia de un viento que fresco por la mañana tomase puerta y por tanto, por más ni menos que un trino resonando en la de  pájaro, fuera a romper el hechizo de mil pesares pensados al abrigo de un insomnio velado por el quebranto del espanto que causara el no saber no ser heno, ni violento, ni alocado, sino sí tan sólo espiga que al rugir de la tormenta y los rigores que el tiempo a su paso va dejando se mantuviera serena, erguida, la frente en alto.

El piropo es delito

Me venía llamando la atención de un tiempo a esta parte el cruzarme por la calle con señoritas que, muy escotadas, muestran el sujetador, pero hace unos días escuchando la radio lo entendí, que la última tendencia de la moda, lo más cool de lo cool es enseñarlo (continente y contenido).

Me parece bien, porque como rezaba un antiguo proverbio o algo así “lo que se van a comer los gusanos que lo vean antes los cristianos”.

Por otra parte, que también lo he escuchado en la radio ayer mismito sin ir más lejos, el piropo pasa a ser delito.

Vale.

Ocurre, empero y por ejemplo, que están siendo los sanfermines, y me pregunto qué puede suceder si una señorita, ataviada de tal guisa y “de copas hasta el culo” – que es literal, de entre unas cuantas entrevistadas al azar en la calle (a cuenta de ese juicio tan célebre y tan comentado) una de ellas lo decía “¿por qué no me puedo poner de copas hasta el culo sin que nadie me moleste?” – es abordada por un joven caballero que, de copas hasta el mismo lugar (o equivalente) la aborda en términos tales como “señorita, tiene usted unos ojos preciosos”.

Podría yo entender que, por razones obvias, la señorita se sintiese ofendida.

Pero voy a entender que la señorita se sentirá halagada y, si el joven es de su agrado, accederá a tomar en su compañía alguna que otra copa más.

La velada avanza y llegado el momento – porque el momento llega – el joven da un paso más y… “señorita, ¿me concedería usted un revolcón?”. Que lo podría decir en forma más poética, pero y si la señorita no lo entiende qué.

Si la señorita no le puso ya la correspondiente denuncia por lo de los ojos, concederá o no concederá.

Si no concede, pone la denuncia que antes no puso y asunto resuelto.

Si sí concede, echan mano de móvil y buscan un notario de guardia, acuden presurosos para legalizarlo (el revolcón), y una vez firmado el consentimiento de la dama…

Ah, que se me olvidaba plantearme qué pasa si es a la inversa, si la que requiebra y propone es la señorita, y el joven, por las razones que fuere (que los hay muy raros) va y no acepta.

Pienso que es muy libre de no aceptar, sí; pero yo le recomendaría que se lo pensase dos veces, que tal y como están las cosas (y más chungas que van a ponerse) puede verse ante los tribunales acusado de maltrato psicológico “porque por qué no me puedo yo poner de copas hasta el culo sin que ningún gilipollas me rechace”.

Nota: En el ejemplo considero un solo joven y una sola señorita, pero sirve también si en uno o en otro o en ambos bandos hay más implicados o intervinientes.

http://www.otraspoliticas.com/?s=Machismo

 

 

 

Albores

Calcinados al paso de la escarcha ―rojiza del destierro de extravíos―, deshojan, a desgarro de porfías, latidos de constancias que se agotan y, crecidas en los fondos de las páginas de libros que no encontrando prólogos con que adornar qué no dicen sus escritos, se mofan y se burlan de qué alienta detrás y a la deriva de escarmientos los albores de recuerdos nunca, jamás, pensados ni sentidos.

Firmar o no firmar

 

Veo en una página de changepuntoorg que se están recogiendo firmas pidiendo prisión permanente para La Manada, y no voy a firmar esa petición.
Me parece indignante e injusto que sólo se haya dado alas y credibilidad a la versión de la joven que los acusa.
Es cierto que un dechado de delicadeza no serán, pero ese clamor popular pidiendo lo que bajo el argumento de “justicia” es, a mi criterio, tan sólo venganza, me parece bastante terrorífico.
Me recuerda esa vieja locución “populacho enardecido”.
El populacho enardecido es capaz de cualquier cosa.
Si mañana llevaran a esos chicos a una plaza pública y los quemasen en la hoguera como en tiempos de la Inquisición no faltarían espectadores que, una vez terminada la función, se fuesen de fiesta y a ponerse de alcohol hasta las cejas.
Siento asco.

Y todo por culpa del potasio 40

Un plátano libera un positrón cada 75 minutos ―ver aquí, punto 2― y anoche cené dos plátanos.

¿Liberaré entonces yo dos positrones?

¿En 75 minutos o en 150?

¿La antimateria que genere será antiplátanos o será antiAlicias?

Y es que desde que se interesa una por la ciencia vive en un constante sinvivir que me está quitando la vida que, digo yo, si deja de ser mi vida se transformará en mi antivida…

Pero, sigo pensando, si es la antivida de antiAlicia ―quiero decir vida de Alicia pero con signo negativo―, cuando la vida y antivida de Alicia y antiAlicia se encuentren se destruirán mutuamente y… ¿Qué será de nosotras entonces?

Yo no lo sé, pero eso debe de ser porque soy Alicia. Lo que me hace pensar que es muy posible que antiAlicia sí lo sepa.

Y me gustaría preguntárselo, la verdad, sonsacarle todo lo que ella sabe y que tiene que ser (por pura lógica) todo lo que yo ignoro; pero otra verdad es que me da miedo…

Aunque quizás a ella no, porque si mi miedo es su antimiedo…

Anda que, si lo llego a saber con tiempo me hago un huevo frito y me evito tantos quebraderos de cabeza.

Lo que es seguro es que ―siguiendo con mi razonamiento― si yo cené fermiones ella tuvo por fuerza que cenar bosones.

¿Bosones o un sencillo huevo frito con el espín del revés?

Lo mejor va a ser que yo, Alicia, deje de pensar en este asunto que me está volviendo tan loca como cuerda debe de estarse volviendo esa tal antiAlicia a mis expensas.

Y no me da la gana. Seré rencorosa y vengativa pero no me da la gana hacerle ese favor.

No me da la gana hacérselo porque ella ― generosa y altruista, que no puede ser de otra manera ― contrarrestaría con su saber todas las tontunas que yo suelto.

Y yo no quiero tener absolutamente nada que agradecer a una antiAlicia que, en cuantito tuviese ocasión y bajo pretexto de devolverme el favor, destruiría todo lo que hay de mí en la Alicia en que me reconozco.

La mariquita por qué a mí

En el andén del metro noto un leve cosquilleo en el dorso de la mano, miro y veo una mariquita muy pequeña. Todas las mariquitas son pequeñas, sí, pero ésta debe de ser una mariquita bebé, o adolescente, porque es diminuta.

Mi primer impulso es soplarle, y le soplo. Pero tan pronto la veo caer al suelo del andén considero horrorizada que es un lugar muy peligroso, cualquiera la podría pisar. Ella aletea un poquito, apenas elevándose unos centímetros, y vuelve al suelo.

Me agacho y mientras la rozo con el índice la invito a subirse “anda, tonta, que ahí van a pisarte”. Y se sube, sí, a mi dedo. Y siento un alivio grandísimo, y pienso que ella piensa “estoy salvada”, pero, acto seguido y al cabo de un instante de reflexión, me acerco al borde del andén y le soplo de nuevo.

Digo ‟pero“ porque si bien en el instante me parece lo mejor ―considerando que las vías son un lugar inocuo porque, tan pequeña ella, no habrá (pienso) prácticamente ninguna posibilidad de que vaya a caer sobre los raíles y el tren pueda aplastarla― me angustio enseguida entendiendo que qué futuro tendrá una mariquita en las vías del tren.

Y me pregunto de qué se alimentarán las mariquitas, y me digo que sea de lo que sea en las vías del metro no habría nada que le sirva. Y que terminará muriendo, de hambre, o de angustia de verse fuera de su medio, o de soledad o de miedo…

Me recrimino por no haber sido más lista. Por no haberla mantenido en mi dedo cuando la rescaté del suelo, hasta llegar a la calle y soplarla entonces sobre césped, o por lo menos algo verde; o haberla depositado sobre mi ropa, y al llegar al exterior ella hubiese elegido hacia dónde volar.

E imagino mientras viajo, dentro ya del vagón, cómo habría sido saltar a la vía, y buscarla y encontrarla, y devolverla a su mundo y a su hábitat.

Y cavilando acerca de la irreversibilidad de los actos humanos, y la conveniencia de examinar pros y contras antes de tomar cualquier decisión, derivo sin poder evitarlo a preguntarme por qué una mariquita en el andén del metro, y cómo llegó allí, y por qué se posó en mi mano y no en mi ropa ―donde posiblemente ni la hubiera notado― o en cualquier otra de las muchas personas que estuvieron como yo en el andén y ahora leen o hablan o consultan sus celulares, despreocupados y ajenos al destino de la mariquita, ignorantes de la perplejidad que me causa el desasimiento de cada una de ellas frente a un hecho que, para bien o para mal, ha venido a interferir en el rumbo de mi pensamiento.

En el rumbo de mi pensamiento y no en el rumbo de los pensamientos de quienes no han sido conscientes de la presencia de la mariquita.

Y me pregunto ‟por qué yo” y ‟por qué a mí”

En el rumbo de mi pensamiento y no en el rumbo de los pensamientos de quienes no han sido conscientes de la presencia de la mariquita ni vivido por tanto en carne propia el verse asaltados (en primer lugar) por la idea de que algo debe hacerse al respecto y, en segundo lugar, la obligatoriedad de discernir qué ‟algo” de entre todos los posibles ‟algos” iría a ser el mejor, el más acertado, el que garantizase o tuviera más visos de propiciar el bienestar ―o la supervivencia, al menos― de la mariquita.

Y mirándolos leer o hablar o consultar los celulares doy en pretender imaginar ―por sus aspectos, por sus actitudes, por qué sus atuendos y fisonomías, por todo cuanto la combinación de todo ello en cada una de las personas me sugiere―  cómo se hubiesen visto interferidos sus pensamientos, los de cada una de ellas, si en lugar de pasarles la mariquita inadvertida, hubieran reparado en su presencia.

¿Pero nadie había en verdad reparado en su presencia?

Sólo tengo seguridad de que reparó sí una jovencita de aspecto agradable, que vi con el rabillo del ojo cómo me miraba mientras batallaba con la mariquita intentando convencerla de que subiese a mi índice y, cuando una vez logrado mi propósito me puse de pie y volví a soplarle y me giré, sonrió no sé si pensando que había hecho bien, o que soy una vieja extravagante, o que soy una estúpida que no me doy cuenta de que enviarla a la vía no es ni mucho menos solución.

Y me pregunto qué habría hecho ella, la única persona de la que tengo seguridad de que había reparado en su presencia, si se hubiese visto en la misma situación que me vi yo.

¿O sólo reparó en su presencia cuando, tras mirarme ella acuclillada yo peleando a punta de índice por atrapar algo que qué sería para tenerme tan afanada, vio cómo la soplaba y entonces entendió?

No lo sé.

Y me pregunto también en qué estaría yo pensando ahora, en este momento, si no estuviese al mismo tiempo recordando (con su sonrisa que no supe interpretar) a la jovencita ―única persona de quien tengo consciencia de que en algún momento la tuvo ella de la mariquita― y observando perpleja (y envidiosa, la verdad)  a los que habiendo tenido la suerte de no percatarse de su presencia ni encontrarse en el brete de encarar o eludir la obligatoriedad de actuar, leen o hablan o consultan sus celulares.

Y la jovencita ¿En qué estará a su vez pensando ahora?

¿En qué estarán pensando todos los que no habiendo reparado en mí, ni en mi comportamiento ante una situación en la que tampoco repararon, ni en la jovencita ni en su sonrisa, ni en la mariquita, leen o hablan o consultan sus celulares?

¿En que estarían pensando si hubiesen reparado en mí, y en mi comportamiento, y en la jovencita y su sonrisa que no supe interpretar, y en la mariquita?

¿Estarían pensando lo mismo, sea lo que sea, si, ajenos, limpios sus pensamientos de las interferencias producidas en sus respectivas consciencias por una realidad que ha existido para mí pero no para ellos, no se estuviesen viendo interferidos sus pensamientos por la consciencia de realidades en las que ellos repararon y yo obvio, por desconocimiento ya sea porque en el instante en que se manifestaron andaba yo ajena y en lo mío o porque, de cualquier modo y debido quizás a una sensibilidad distinta, mi capacidad de percepción fue diferente a la de ellos o hasta nula?

¿Estaría cada uno preguntándose ‟por qué yo” y ‟por qué a mí“ en el caso de que, como sucedió a los míos por causa de la mariquita, sus pensamientos se hubiesen visto interferidos por la manifestación de una realidad que vino a perturbarlo y de la que sólo cada uno fue consciente?

Y me doy cuenta de que todos tenemos nuestros ‟por qué yo“ y ‟por qué a mí“.

Todos nos hacemos esas preguntas cuando somos conscientes de la manifestación de una realidad que viene a perturbarnos.

Todos nos las hacemos, sin recapacitar ―pienso― que el tomar consciencia de una realidad que nos perturba no nos convierte en los únicos receptores de realidades que suceden y están presentes en todas partes y para todo el mundo por más que no todo el mundo las perciba ni para todo el mundo se manifiesten y, por tanto, no todo el mundo tome consciencia de en qué medida o de qué modo lo interfieren y alteran el rumbo de sus pensamientos.

Tendemos a erigirnos en el protagonista, en el destinatario único de los para qué de aconteceres que nos perturban, cuando sencillamente ―pienso― todos los aconteceres están aconteciendo en todas partes y en todo instante, incidiendo todos sobre la Realidad, y si tomamos consciencia de determinadas porciones de Ella y no de otras es ―pienso también― porque por razones puramente subjetivas y personales somos especialmente proclives a percibir conscientemente los aconteceres que sintonizan con nuestra sensibilidad; pero que ello ―sigo en mis pensamientos― no tiene por qué significar que el qué que dé motivo a los tales aconteceres que me perturban esté ‟pensando” concretamente en mí sino, tan sólo, en armar el puzle que, una vez organizado y encajadas correctamente y en su lugar exacto todas y cada una de sus piezas, devolverá al Universo el equilibrio que, por aquello de la entropía causante de que todo en el Universo tienda al desorden, va perdiendo; y Él, el Universo, buscando mantener dicho equilibrio, se defiende con las leyes de la termodinámica que Él mismo ha creado para que lo que ‟aquí” es sombra allí sea ‟luz”, lo que ‟aquí” pesadumbre ‟allí” alegría, lo que ‟aquí” mal ‟allí” bien.

Y que, en ese proceso de constante destrucción y regeneración del Universo, todo cuanto sucede es tan sólo un eslabón de la cadena de sucesos que desembocará en el encuentro del Todo con su orden.

 

Nota: Para la redacción de los dos últimos párrafos recurro a algunas nociones de Física Cuántica que no tengo ni pizca de seguridad de entender medianamente en condiciones y sí muy serías dudas de si no estaré haciendo una interpretación interesada por ―por aquello del Entrelazamiento Cuántico, del que tengo nociones no más claras pero sí no sé qué idea de que, además de una partícula poder estar en todas partes al mismo tiempo, cada una de esas partículas tiene su opuesta (idéntica por lo visto a ella pero como si dijéramos “del revés”) que también puede estar en todas partes al mismo tiempo― querer creer que en alguna parte existe una ‟réplica” de ‟mi mariquita”, y que esa mariquita réplica corre una suerte réplica de la suerte de la mía pero inversa. Y que si yo he tenido consciencia de su suerte (mala) en mi ‟aquí“ es porque mi consciencia (cortita y limitada) no me ha permitido percibir la realidad ‟allí”, donde su suerte ha tenido, por fuerza (si me acojo a las leyes tal y como las entiendo de la Física) que ser buena.

Y ahora voy a salir del metro, que voy a una papelería especializada en la plaza de San Ildefonso, que tengo que comprar un bloc de acuarela de grano grueso, y otro fino, y dos carboncillos de distintos grosores y un difumino. Que es justo por lo que salí de casa y me encontré con la mariquita y he organizado todo este lío que, no puedo dejar de preguntarme, por qué yo y por qué a mí.