A sueño abierto

Sintió que la zarandeaba por el hombro, como tantas veces, tantas cuantas se había hecho la desentendida y, apretando los ojos y a veces también los dientes ―o los puños, hasta clavarse las uñas para luego ver las marcas―, escondido la cabeza debajo del ala queriendo murmurarse no es a mí.

¿A quién entonces?

Y el ala se plegaba, esquiva, al cuerpo de lo que diera en denominar “mi víctima” sabiendo, aun sin saberlo, que de haber alguna a la que poder calificarse de tal no sería suya, no de la ella “yo” que conociese cuando llegó, de nuevas, con las manos vacías y el alma a rebosar de proyectos que fueron a estrellarse contra las paredes, que parecían tan blancas, para de inmediato rebotar y regresar al punto de partida sin, como quien dice, haberse estrenado apenas y a fuerza de desidia, de desgana, de un no puedo no sé mejor dejarlo.

Pero por alguna razón desconocida el algo desconocido por una vez, una sola que ella pudiese contabilizar en su registro de actividad como vez, insistió.

¿a qué tanta terquedad, algo vacío?

Estás empezando a cansarme; ya van dos.

¿Adónde?

Y tres.

Entendió entonces que mejor cerrar el pico ―a modo de metáfora, se dijo, y que a juego con las alas plegadas― y renunciar a levantar el vuelo. Vuelo que podría alzarse hasta “y cuatro” o “y cinco” o, si venían mal dadas (las circunstancias, que dio en decir “adversas” sin querer saber más), quién podría prever si alargarse, alargarse, hasta el infinito y a riesgo de romperse los tendones a los límites mismos de la eternidad.

Se miró, de reojo, como sin querer o sin querer que nadie pudiera ser testigo de que se miraba, aunque fuese de frente y abiertamente, a sí misma allí, arrebujada suplicante junto al ala que se negaba a extenderse por ampararla.

Está bien; iré sola.

Y recuerda que se desperezó y sintió en las plantas de los pies el tacto quebradizo, crujiente, de las hojas de las que por falta de sus cuidados se morían.

Y se dijo nunca más.

A secas, cuidadosa de no preguntar qué.

Porque hay que saber parar (se dijo) o terminarás (“no necesitarás que te lo cuente”, puntualizó) llegando a ese punto que te persigue y no te permitiría, si es que llegaras a alcanzarlo, regresar.

Luego se rascó la frente, consideró la posibilidad remota de darse una ducha y murmuró (por lo bajo) “bueno, ya está”.

Y, dicen, que contó “por eso he vuelto” antes, o “después” ―sin poder ya precisar―de dormirse de nuevo.

Algarabía

El problema no era sólo que y aunque ya sería muy poco para refrendar que las musarañas  vinieran en apretada comitiva, como es de rigor, que no bien de recibo acusado por quién podría adivinar y a oscuras, además, como estábamos qué despreciable lenguaraz infiltrado con acreditación a todas luces falsa defendiendo y vociferando, con argumento tan de todo punto falaz como el “no son monas” desde la antigüedad con uñas y dientes el derecho a ser pensadas y ante la evidencia de que la aguja se negaba con obstinación a encarar la afrenta de no ser jamás encontrada en no importaba si pajar o cualquier otro lugar ella, la más hermosa de las monas y tras consensuar con sus hermanas ser la representante legal aun no siendo ello óbice para sin hacer gala de la menor piedad maldecir “¡pequeña cíclope!” accediese a ser pintada sino que  para complicar, si es que cabía, un poco más las cosas y como condición inexcusable luciendo el traje, los adornos y demás aderezos que identifican de manera inconfundible e inequívoca a todo personaje muy principal asegurando, con las cabezas muy altas que, herida en lo más profundo de su honor tan fino, ya se las ingeniaría ella para no pasar inadvertida y demostrar hasta qué extremos puede ser punzante o, por lo menos, con la dignidad indispensable para hacerse respetar si, como esperaba, la calzaban para ocasión tan memorable con tacones altos y finos de esos que llaman de… “¡pequeña cíclope!”

Compadecencia

‒ ¿Podría usted proporcionarnos una descripción de la encauzada?

‒ Parecía una de esas duermevelas curvadas que tan pronto se bifurcan hacia el inminente arrebatar el azul al calor del fuego como hacia el violento entrechocar de candiles contra maledicencias, pero si se la observaba con detenimiento podía apreciarse que tenía un sabor muy parecido al que se desprende, en pequeñas escamas parpadeantes como si fueran de obsidiana o ― tal vez y para los menos exigentes ― de una muy poco frecuente variedad  de olorcillo impreciso a costumbre de no dejarse intimidar por el aletear impertinente que producen los miedos cuando se los obliga a abandonar a sus vástagos en mitad de un temporal, de la tendencia tan acusada que tienen ― no todas, pero sí muchas y sobre todo las de colores lentos ― las embocaduras de determinados instrumentos que, siendo de percusión aun sin descartar que los pueda haber de cuerda, se empecinan en cabalgar a lomos de bolas de nieve que, antes o después, terminan por derretirse.

‒ Comprendo. Pero díganos, ¿la observó con el detenimiento suficiente como para poder apreciar tantos detalles?

‒ No tuve tiempo. La bola era demasiado pequeña, y el día uno de esos, ya sabe, terriblemente caluroso de pleno verano.