Reliquia de un soliloquio

Correr a cielo abierto, sobre tumbas desnudas, con los ojos cerrados y sintiendo en la piel el tacto de la tierra.

Cerrar a cal y canto los ojos a qué quiero no ver por no juzgarlo, por no saber que siento dolor al enjuiciarlo.

Calmar la sed que empapa el clamor de palabras renunciando al derecho tan suyo a ser habladas.

Cavilar despacito antes de no dar tregua a qué cabe entenderse por la recta conducta ajena a pareceres.

Cribar con tamiz fino el grano de la paja, y quedarme tan sólo con qué ya no contiene residuos ni desechos de encubierta falacia.

Contar sin confundirme cuantos cuentos se cuentan lejos de confortables fuegos de chimeneas que dicen de princesas, dragones y fantasmas.

Calcular la medida exacta de la entrega con que debo no darme a ceder a quimeras ni a abjurar de qué entiendo por verdad con certeza.

Contener el impulso que alienta a no medirse ni a mirarse de lejos, con la sabía distancia que pondrá coto y veto a burlas y a lamentos.

Cincelar muy finito, y sin que tiemble el pulso, los surcos que recojan recorridos que busquen un lugar en el tiempo donde no pase nada.

Culminar la tarea de vivir en el mundo sin haber olvidado que morir es tan sólo romper con las amarras que conculcan las leyes terrenas y arbitrarias.

Conocer el sentido de la palabra justa que no confunda a nadie cuando digo “conculcan” las leyes de que hablo, no las leyes sagradas.

Enterrar en las tumbas desnudas de que hablo el correr de las horas que he dedicado a penas y a apenas diez cigarros.

Y romper la cadencia decadente y malsana de ceñirme a la norma que por jugar me impuse de conjugar sonidos con ritmos y palabras y expresión de deseos que no sé si me agradan, me oprimen o me enfadan.

A correr.

Espiga

Despertaron a deshora de un dormitar que a trasmano disparaba las alarmas sobre saltos de caballos de ajedreces dando jaques a reyes amedrentados por la altivez de qué damas que reinas de corazones en pasiones atrapados latían a ritmo de lentos eslabones enlazados entre cruces de caminos discurriendo pensativos, confusos, atribulados, embozados en las veces que tantas voces gritaron en gargantas y torrentes y desfilar de rosadas texturas de piel de seda sedienta de ser rozada por la caricia de un viento que fresco por la mañana tomase puerta y por tanto, por más ni menos que un trino resonando en la de  pájaro, fuera a romper el hechizo de mil pesares pensados al abrigo de un insomnio velado por el quebranto del espanto que causara el no saber no ser heno, ni violento, ni alocado, sino sí tan sólo espiga que al rugir de la tormenta y los rigores que el tiempo a su paso va dejando se mantuviera serena, erguida, la frente en alto.

Aconteció en un lugar amargo

y, al despertar apenas escondido, resucitó de espaldas al presagio del no olvidar por nunca el siempre esquivo extraño colofón de los desvíos a que condujo, a paso rápido y preciso, el desterrar del alma los avíos que dieron ser, en los huesos ya desnudos, al discurrir sediento de los ríos en pie de paz, amor y el siempre vivo fulgor de los rayos anodinos de un otra vez, más recio y menos aterido, helado sol tremolando entre suspiros.

Devenir y no llegar

Que los altramuces se enemistaran con los cormoranes no se debió ― en el decir ceceante de ciertos ángulos rectos que  en su preocupación puede que excesiva por no parecer obtusos llegaban a resultar ridículos alardeando vanidosos de un acento abiertamente cerrado ― a ciertas manifestaciones desafortunadas de las buganvillas que, si bien no multitudinarias ni del todo contrastadas pero sí fervorosamente secundadas por los bancos de peces (de colores unos y de tres patas los de algunos artesanos otros) que, sin perjuicio ni de la inconsistencia de las tales ni de la dudosa realidad tan a ojos vista inestable o en precario de los cuales, se empeñaron en adherirse no como las lapas que no eran no a las rocas del acantilado sino como último recurso malamente trazado y prendido con alfileres a la causa de que bajo la sombra del argumento de la teoría de lo relativamente sencillo que hubiese podido resultar el sostener que el alegato de los desalados hubiese debido en bonísima lógica ser el primero y protestando, por añadir algo, de que se le clavaban en las costillas si bien ― y eso hubo que reconocérselo aunque se tardó un rato en darse cuenta de quién era ― impecablemente presentada con guantes de seda roja y sus inseparables tacones altos, a quien procedía ofrecer asiento en un día tan caluroso como de memorable regocijo era al anciano precedente con su clavel en el ojal y reloj de cadena al cinto.

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