Aconteció en un lugar amargo

y, al despertar apenas escondido, resucitó de espaldas al presagio del no olvidar por nunca el siempre esquivo extraño colofón de los desvíos a que condujo, a paso rápido y preciso, el desterrar del alma los avíos que dieron ser, en los huesos ya desnudos, al discurrir sediento de los ríos en pie de paz, amor y el siempre vivo fulgor de los rayos anodinos de un otra vez, más recio y menos aterido, helado sol tremolando entre suspiros.

Devenir y no llegar

Que los altramuces se enemistaran con los cormoranes no se debió ― en el decir ceceante de ciertos ángulos rectos que  en su preocupación puede que excesiva por no parecer obtusos llegaban a resultar ridículos alardeando vanidosos de un acento abiertamente cerrado ― a ciertas manifestaciones desafortunadas de las buganvillas que, si bien no multitudinarias ni del todo contrastadas pero sí fervorosamente secundadas por los bancos de peces (de colores unos y de tres patas los de algunos artesanos otros) que, sin perjuicio ni de la inconsistencia de las tales ni de la dudosa realidad tan a ojos vista inestable o en precario de los cuales, se empeñaron en adherirse no como las lapas que no eran no a las rocas del acantilado sino como último recurso malamente trazado y prendido con alfileres a la causa de que bajo la sombra del argumento de la teoría de lo relativamente sencillo que hubiese podido resultar el sostener que el alegato de los desalados hubiese debido en bonísima lógica ser el primero y protestando, por añadir algo, de que se le clavaban en las costillas si bien ― y eso hubo que reconocérselo aunque se tardó un rato en darse cuenta de quién era ― impecablemente presentada con guantes de seda roja y sus inseparables tacones altos, a quien procedía ofrecer asiento en un día tan caluroso como de memorable regocijo era al anciano precedente con su clavel en el ojal y reloj de cadena al cinto.

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