Altos castillos de arena

Altos castillos de arena, al batir de vendavales contra muros de promesas que se desmoronan lánguidas, desguazadas, devenidas de su altiva compostura en desheredadas trizas, se encuentran, a la deriva, olvidos nunca pensados y jamás cumplidas citas, a la sombra o al abrigo de abigarrados rescoldos de palabras desmembradas en sílabas que se buscan por encontrar qué decirse, enlazadas, sin codicia, sin afán de ser mensaje que encierre en sus líneas frías nada que sentido guarde por significar partido de tal o cual dependencia, de estas o de aquellas briznas, desgajadas de los tiempos en que se soñaron listas para partir por lo hondo y remontar por la cima.

Estragos

Se decía que era bajito, y amotejado y oblicuo, descalabrado y fangoso, y caminaba vertiendo esquinas y dilatando los cinceles de armaduras que, al crujir de nubarrones calientes pero de arena, cautivaban desde el ronce de sus colmenas heridas los flamencos que encajaban entre los dientes las tórridas caricaturas de algunos ― pocos, y de los más áridos ― que, desconociendo el cuánto del para qué de adminículos tropezando entre colores o descuidando asteroides, escapaban de tornillos, de pincernas y bolsores, para estragarse a descuento en trazos de mil resquicios que los trenzaban ― de a cuatro ― y luego los dirimían hasta dejarlos en ciernes o, cuando menos, en liñas.

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