Una mañana resuelta

Una de esas mañanas frías de invierno, de cielo plomizo, y el sonido del tráfico amortiguado como si todo estuviera envuelto en algodón que, sólo había que mirarlo, no era algodón porque, todo el mundo lo sabe, cuando decimos “algodón” lo pensamos siempre blanco y aquel cielo era gris.

Pero nadie se fijó en el tráfico, ni en su envoltura; nadie reparó por tanto en de qué era ni de qué color.

Y avanzó. La mañana avanzó. Pero nadie se fijó en su avance, nadie lo notó tan ocupados todos en atender a qué los movía, a ellos, a qué los llevaba de un lado a otro y a echar ocasionales ojeadas al reloj en la muñeca o en el móvil.

Pero siguió, adelante, como si la indiferencia de los seres pensantes o aunque fuesen nada más sintientes – o al revés, pero no se lo planteó tan ocupada también ella – no le importara o su objetivo fuese tan urgente que no le diera margen para la menor distracción.

Y sí; logró, aun con esfuerzo tan indecible que para qué – pensó – tomarse la molestia de expresarlo, abrirse paso hasta un cielo abierto, en canal, de parte a parte bajo el pretexto de que – según relataron los desocupados que sí podían permitirse el lujo de perder su tiempo y sus energías en explicar qué habían escuchado de los expertos, de los enterados, de los que libres de culpa sobrevolaban con idénticas desenvoltura y ligereza el bien que el mal – requería una intervención de inmediato, a vida o muerte.

Y lo miró. Después de haber llegado hasta allí venciendo tanto obstáculo, tanta grisura, se sentía obligada a, aunque fuese nada más por gratitud, dar satisfacción a qué de forma del todo desinteresada la movía; y por eso miró, al cielo, para ver cómo – sin un gemido, en un silencio tan profundo que hasta el ruido del tráfico, sabedor de que no había nada que ahogar, cesó – se desangraba en ríos de azul.

Veleidades

La concatenación del adjetivo con la cuadratura del círculo, implementada desde el titilar verdicansino del zozobrar ignífugo de la tercera vértebra dorsal, desenmascara el pelaje transversal pero nunca conspicuo de la contrafrecuencia con que se decanta el do de pecho hacia la fungibilidad del tremor, tan acusado, del cuarto no necesariamente oscuro, ni de espadas, pero sí menguante.
Es entonces cuando, constreñida hasta el límite último de su pequeñez, la frecuencia, no continua del todo pero tampoco (y en ausencia de resolución precisa) discontinua o carente por completo de armonía, se enroca en veleidades de a las tantas ― o menos, a ojo de buey ― que, para usufructo de los descontentos proclamando a los cuatro vientos (y un retal de vientecillo remolón, que se desestimó) que los altavoces anunciaron iban a ser puntuales, se presentaron sin aviso previo ni (por añadidura) un mínimo de cautela de muy buena mañana y desentendidas por completo y sin rubor de si era de autos, o de abril, o de tormenta…