Sabores de a miel y a trufas

Apenas si les llegaban a los ojos los lamentos y a los labios los colores de las voces que elevadas a pedestales oyeron, desde lejos y hasta entonces, antes nunca descubiertos sabores de a miel y a trufas ni rigores de completas horas rezadas a sombras de candiles en alcobas de reverendas augustas recogidas a sus solas.

Llegaban sí, desde el rosa, concurrencias de alebrores que, pálidos, desabridos, no hallaban punto ni hora, ni remanso ni resquicio, por donde salir airosos del encierro tan oscuro, tan estrecho y tan remoto en que habitaron proscritos por no entrar en pormenores de paladares angostos ni de visiones asíncronas.

Imprudente sensación

Discurriendo, así, a buen paso, y sin pararse a bruñir qué pudiera concitar el alegre balbucir de los blancos aledaños de la orquídea sesteante en brazos de los resortes oscuros de un pedigrí carmesí y más bronco, incluso, que la incuria en que se vieran sumidos los pasamanos de escaleras a desvanes o, en su intelecto, los trasgos que deambulantes disipan las deudas de los tiranos; trascurría, entre sargazos, la imprudente sensación de haber desgajado el don que adornara el estertor cuellilargo y retozón del eslabón de la flor pendiente del aldabón que del sueño la arrancó.
‒ ¡Si te hubieras avenido! ― se musitó, consternada, y teniendo para sí que en torrente o en desliz no sería ni en punto hora ni en presagio azul o gris ni, en sensación, salvadora.

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