El piropo es delito

Me venía llamando la atención de un tiempo a esta parte el cruzarme por la calle con señoritas que, muy escotadas, muestran el sujetador, pero hace unos días escuchando la radio lo entendí, que la última tendencia de la moda, lo más cool de lo cool es enseñarlo (continente y contenido).

Me parece bien, porque como rezaba un antiguo proverbio o algo así “lo que se van a comer los gusanos que lo vean antes los cristianos”.

Por otra parte, que también lo he escuchado en la radio ayer mismito sin ir más lejos, el piropo pasa a ser delito.

Vale.

Ocurre, empero y por ejemplo, que están siendo los sanfermines, y me pregunto qué puede suceder si una señorita, ataviada de tal guisa y “de copas hasta el culo” – que es literal, de entre unas cuantas entrevistadas al azar en la calle (a cuenta de ese juicio tan célebre y tan comentado) una de ellas lo decía “¿por qué no me puedo poner de copas hasta el culo sin que nadie me moleste?” – es abordada por un joven caballero que, de copas hasta el mismo lugar (o equivalente) la aborda en términos tales como “señorita, tiene usted unos ojos preciosos”.

Podría yo entender que, por razones obvias, la señorita se sintiese ofendida.

Pero voy a entender que la señorita se sentirá halagada y, si el joven es de su agrado, accederá a tomar en su compañía alguna que otra copa más.

La velada avanza y llegado el momento – porque el momento llega – el joven da un paso más y… “señorita, ¿me concedería usted un revolcón?”. Que lo podría decir en forma más poética, pero y si la señorita no lo entiende qué.

Si la señorita no le puso ya la correspondiente denuncia por lo de los ojos, concederá o no concederá.

Si no concede, pone la denuncia que antes no puso y asunto resuelto.

Si sí concede, echan mano de móvil y buscan un notario de guardia, acuden presurosos para legalizarlo (el revolcón), y una vez firmado el consentimiento de la dama…

Ah, que se me olvidaba plantearme qué pasa si es a la inversa, si la que requiebra y propone es la señorita, y el joven, por las razones que fuere (que los hay muy raros) va y no acepta.

Pienso que es muy libre de no aceptar, sí; pero yo le recomendaría que se lo pensase dos veces, que tal y como están las cosas (y más chungas que van a ponerse) puede verse ante los tribunales acusado de maltrato psicológico “porque por qué no me puedo yo poner de copas hasta el culo sin que ningún gilipollas me rechace”.

Nota: En el ejemplo considero un solo joven y una sola señorita, pero sirve también si en uno o en otro o en ambos bandos hay más implicados o intervinientes.

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La mariquita por qué a mí

En el andén del metro noto un leve cosquilleo en el dorso de la mano, miro y veo una mariquita muy pequeña. Todas las mariquitas son pequeñas, sí, pero ésta debe de ser una mariquita bebé, o adolescente, porque es diminuta.

Mi primer impulso es soplarle, y le soplo. Pero tan pronto la veo caer al suelo del andén considero horrorizada que es un lugar muy peligroso, cualquiera la podría pisar. Ella aletea un poquito, apenas elevándose unos centímetros, y vuelve al suelo.

Me agacho y mientras la rozo con el índice la invito a subirse “anda, tonta, que ahí van a pisarte”. Y se sube, sí, a mi dedo. Y siento un alivio grandísimo, y pienso que ella piensa “estoy salvada”, pero, acto seguido y al cabo de un instante de reflexión, me acerco al borde del andén y le soplo de nuevo.

Digo ‟pero“ porque si bien en el instante me parece lo mejor ―considerando que las vías son un lugar inocuo porque, tan pequeña ella, no habrá (pienso) prácticamente ninguna posibilidad de que vaya a caer sobre los raíles y el tren pueda aplastarla― me angustio enseguida entendiendo que qué futuro tendrá una mariquita en las vías del tren.

Y me pregunto de qué se alimentarán las mariquitas, y me digo que sea de lo que sea en las vías del metro no habría nada que le sirva. Y que terminará muriendo, de hambre, o de angustia de verse fuera de su medio, o de soledad o de miedo…

Me recrimino por no haber sido más lista. Por no haberla mantenido en mi dedo cuando la rescaté del suelo, hasta llegar a la calle y soplarla entonces sobre césped, o por lo menos algo verde; o haberla depositado sobre mi ropa, y al llegar al exterior ella hubiese elegido hacia dónde volar.

E imagino mientras viajo, dentro ya del vagón, cómo habría sido saltar a la vía, y buscarla y encontrarla, y devolverla a su mundo y a su hábitat.

Y cavilando acerca de la irreversibilidad de los actos humanos, y la conveniencia de examinar pros y contras antes de tomar cualquier decisión, derivo sin poder evitarlo a preguntarme por qué una mariquita en el andén del metro, y cómo llegó allí, y por qué se posó en mi mano y no en mi ropa ―donde posiblemente ni la hubiera notado― o en cualquier otra de las muchas personas que estuvieron como yo en el andén y ahora leen o hablan o consultan sus celulares, despreocupados y ajenos al destino de la mariquita, ignorantes de la perplejidad que me causa el desasimiento de cada una de ellas frente a un hecho que, para bien o para mal, ha venido a interferir en el rumbo de mi pensamiento.

En el rumbo de mi pensamiento y no en el rumbo de los pensamientos de quienes no han sido conscientes de la presencia de la mariquita.

Y me pregunto ‟por qué yo” y ‟por qué a mí”

En el rumbo de mi pensamiento y no en el rumbo de los pensamientos de quienes no han sido conscientes de la presencia de la mariquita ni vivido por tanto en carne propia el verse asaltados (en primer lugar) por la idea de que algo debe hacerse al respecto y, en segundo lugar, la obligatoriedad de discernir qué ‟algo” de entre todos los posibles ‟algos” iría a ser el mejor, el más acertado, el que garantizase o tuviera más visos de propiciar el bienestar ―o la supervivencia, al menos― de la mariquita.

Y mirándolos leer o hablar o consultar los celulares doy en pretender imaginar ―por sus aspectos, por sus actitudes, por qué sus atuendos y fisonomías, por todo cuanto la combinación de todo ello en cada una de las personas me sugiere―  cómo se hubiesen visto interferidos sus pensamientos, los de cada una de ellas, si en lugar de pasarles la mariquita inadvertida, hubieran reparado en su presencia.

¿Pero nadie había en verdad reparado en su presencia?

Sólo tengo seguridad de que reparó sí una jovencita de aspecto agradable, que vi con el rabillo del ojo cómo me miraba mientras batallaba con la mariquita intentando convencerla de que subiese a mi índice y, cuando una vez logrado mi propósito me puse de pie y volví a soplarle y me giré, sonrió no sé si pensando que había hecho bien, o que soy una vieja extravagante, o que soy una estúpida que no me doy cuenta de que enviarla a la vía no es ni mucho menos solución.

Y me pregunto qué habría hecho ella, la única persona de la que tengo seguridad de que había reparado en su presencia, si se hubiese visto en la misma situación que me vi yo.

¿O sólo reparó en su presencia cuando, tras mirarme ella acuclillada yo peleando a punta de índice por atrapar algo que qué sería para tenerme tan afanada, vio cómo la soplaba y entonces entendió?

No lo sé.

Y me pregunto también en qué estaría yo pensando ahora, en este momento, si no estuviese al mismo tiempo recordando (con su sonrisa que no supe interpretar) a la jovencita ―única persona de quien tengo consciencia de que en algún momento la tuvo ella de la mariquita― y observando perpleja (y envidiosa, la verdad)  a los que habiendo tenido la suerte de no percatarse de su presencia ni encontrarse en el brete de encarar o eludir la obligatoriedad de actuar, leen o hablan o consultan sus celulares.

Y la jovencita ¿En qué estará a su vez pensando ahora?

¿En qué estarán pensando todos los que no habiendo reparado en mí, ni en mi comportamiento ante una situación en la que tampoco repararon, ni en la jovencita ni en su sonrisa, ni en la mariquita, leen o hablan o consultan sus celulares?

¿En que estarían pensando si hubiesen reparado en mí, y en mi comportamiento, y en la jovencita y su sonrisa que no supe interpretar, y en la mariquita?

¿Estarían pensando lo mismo, sea lo que sea, si, ajenos, limpios sus pensamientos de las interferencias producidas en sus respectivas consciencias por una realidad que ha existido para mí pero no para ellos, no se estuviesen viendo interferidos sus pensamientos por la consciencia de realidades en las que ellos repararon y yo obvio, por desconocimiento ya sea porque en el instante en que se manifestaron andaba yo ajena y en lo mío o porque, de cualquier modo y debido quizás a una sensibilidad distinta, mi capacidad de percepción fue diferente a la de ellos o hasta nula?

¿Estaría cada uno preguntándose ‟por qué yo” y ‟por qué a mí“ en el caso de que, como sucedió a los míos por causa de la mariquita, sus pensamientos se hubiesen visto interferidos por la manifestación de una realidad que vino a perturbarlo y de la que sólo cada uno fue consciente?

Y me doy cuenta de que todos tenemos nuestros ‟por qué yo“ y ‟por qué a mí“.

Todos nos hacemos esas preguntas cuando somos conscientes de la manifestación de una realidad que viene a perturbarnos.

Todos nos las hacemos, sin recapacitar ―pienso― que el tomar consciencia de una realidad que nos perturba no nos convierte en los únicos receptores de realidades que suceden y están presentes en todas partes y para todo el mundo por más que no todo el mundo las perciba ni para todo el mundo se manifiesten y, por tanto, no todo el mundo tome consciencia de en qué medida o de qué modo lo interfieren y alteran el rumbo de sus pensamientos.

Tendemos a erigirnos en el protagonista, en el destinatario único de los para qué de aconteceres que nos perturban, cuando sencillamente ―pienso― todos los aconteceres están aconteciendo en todas partes y en todo instante, incidiendo todos sobre la Realidad, y si tomamos consciencia de determinadas porciones de Ella y no de otras es ―pienso también― porque por razones puramente subjetivas y personales somos especialmente proclives a percibir conscientemente los aconteceres que sintonizan con nuestra sensibilidad; pero que ello ―sigo en mis pensamientos― no tiene por qué significar que el qué que dé motivo a los tales aconteceres que me perturban esté ‟pensando” concretamente en mí sino, tan sólo, en armar el puzle que, una vez organizado y encajadas correctamente y en su lugar exacto todas y cada una de sus piezas, devolverá al Universo el equilibrio que, por aquello de la entropía causante de que todo en el Universo tienda al desorden, va perdiendo; y Él, el Universo, buscando mantener dicho equilibrio, se defiende con las leyes de la termodinámica que Él mismo ha creado para que lo que ‟aquí” es sombra allí sea ‟luz”, lo que ‟aquí” pesadumbre ‟allí” alegría, lo que ‟aquí” mal ‟allí” bien.

Y que, en ese proceso de constante destrucción y regeneración del Universo, todo cuanto sucede es tan sólo un eslabón de la cadena de sucesos que desembocará en el encuentro del Todo con su orden.

 

Nota: Para la redacción de los dos últimos párrafos recurro a algunas nociones de Física Cuántica que no tengo ni pizca de seguridad de entender medianamente en condiciones y sí muy serías dudas de si no estaré haciendo una interpretación interesada por ―por aquello del Entrelazamiento Cuántico, del que tengo nociones no más claras pero sí no sé qué idea de que, además de una partícula poder estar en todas partes al mismo tiempo, cada una de esas partículas tiene su opuesta (idéntica por lo visto a ella pero como si dijéramos “del revés”) que también puede estar en todas partes al mismo tiempo― querer creer que en alguna parte existe una ‟réplica” de ‟mi mariquita”, y que esa mariquita réplica corre una suerte réplica de la suerte de la mía pero inversa. Y que si yo he tenido consciencia de su suerte (mala) en mi ‟aquí“ es porque mi consciencia (cortita y limitada) no me ha permitido percibir la realidad ‟allí”, donde su suerte ha tenido, por fuerza (si me acojo a las leyes tal y como las entiendo de la Física) que ser buena.

Y ahora voy a salir del metro, que voy a una papelería especializada en la plaza de San Ildefonso, que tengo que comprar un bloc de acuarela de grano grueso, y otro fino, y dos carboncillos de distintos grosores y un difumino. Que es justo por lo que salí de casa y me encontré con la mariquita y he organizado todo este lío que, no puedo dejar de preguntarme, por qué yo y por qué a mí.

 

“J”

Si yo fuera el alma o la mente de todas las mujeres del mundo en edad de procrear – entelequia del todo descabellada, lo sé – todas las mujeres del mundo se negarían a tener hijos. No los abortarían, por supuesto; es que ni siquiera los engendrarían, y no es necesario ningún anticonceptivo ni cualquier otro método; basta con la voluntad de no ceder a esos impulsos tan básico y tan, por lo visto, inherentes a la condición humana frente a los que parece ser se nubla la razón y – de puro rebote – se paren hijos sin pararse a pensar qué vida va a dárseles.

Pero, ya digo, es una entelequia.

Sin embargo me gusta imaginarlo. Y que en unas cuantas décadas los que ya estamos desapareceríamos. Y no quedaría sobre la faz de la Tierra ni sufrimiento ni quien lo infligiera ni quien lo padeciese.

Y a esta bola que gira en la que estamos, una vez deshabitada, pues que la zurciesen.

Vaya. Me acabo de dar cuenta de los animales, que seguirían engendrando, y de las plantas…

Así que los animales se perpetuarían, y subsistirían siendo depredadores unos de otros, como ha sido siempre.

¿Pero no es conmovedor lo nada de odio, ni de ira, ni de maldad con que el león destroza entre sus fauces a la gacela?

Con las plantas como que me pierdo un poco. Porque las que sólo sirven para una menestra o acompañar a un solomillo como guarnición no sabrían, las pobres, el para qué de su existir.

Pero son tontadas que yo digo.

No me hagáis caso.

Y las mujeres – curiosamente las de los países donde más problemas van a encontrar los hijos que paran – seguirán pariendo, como conejas. Y con la misma falta de raciocinio de las conejas que (eso las exonera de culpa) no tienen responsabilidad sobre sus actos.

Y así crece, de día en día y porque la (…) – empieza con “J” – es un derecho humano, una estirpe de esclavos.

Y hablo de las mujeres porque por esos azares de la vida yo lo soy. Pero, para los hombres, pues la misma receta; que, lo puedo demostrar, es sencillísima.