Filigranas y festones

y fantásticas ficciones fulminando flagelantes festines que con fruiciones desmedidas y alocadas desmayaron del encanto que les ofreciera el trato de trocar capa por manto de amazona en su caballo, de alondra en un camposanto, de ratón a buen resguardo del felino presuroso que se afana por cazarlo; fracasaron rompedoras contra las olas tortuosas que atronadoras rogaban al azul del mar la calma quebradiza de la infancia.

Diversidades versadas

en vérselas frente a frente con veleidades blindadas de versatilidad feble, se complacen cercenando condenados fundamentos de alfeñiques bullangueros que retozones revierten digresión en desconcierto de sinrazones sin cuento que relatarán los viejos a los niños junto al fuego, y se vuelven, divertidas, de espaldas a las verdades que ni importan ni se esparcen por doquier o por quién sabe qué veredas ni andurriales ni conforman, insaciables, candorosas inconsciencias que impávidas se complican en concitar el contento revoltoso que es sustento para el alma que, en su aliento, es alimento del cuerpo.

Más calambures

“J”

Si yo fuera el alma o la mente de todas las mujeres del mundo en edad de procrear – entelequia del todo descabellada, lo sé – todas las mujeres del mundo se negarían a tener hijos. No los abortarían, por supuesto; es que ni siquiera los engendrarían, y no es necesario ningún anticonceptivo ni cualquier otro método; basta con la voluntad de no ceder a esos impulsos tan básico y tan, por lo visto, inherentes a la condición humana frente a los que parece ser se nubla la razón y – de puro rebote – se paren hijos sin pararse a pensar qué vida va a dárseles.

Pero, ya digo, es una entelequia.

Sin embargo me gusta imaginarlo. Y que en unas cuantas décadas los que ya estamos desapareceríamos. Y no quedaría sobre la faz de la Tierra ni sufrimiento ni quien lo infligiera ni quien lo padeciese.

Y a esta bola que gira en la que estamos, una vez deshabitada, pues que la zurciesen.

Vaya. Me acabo de dar cuenta de los animales, que seguirían engendrando, y de las plantas…

Así que los animales se perpetuarían, y subsistirían siendo depredadores unos de otros, como ha sido siempre.

¿Pero no es conmovedor lo nada de odio, ni de ira, ni de maldad con que el león destroza entre sus fauces a la gacela?

Con las plantas como que me pierdo un poco. Porque las que sólo sirven para una menestra o acompañar a un solomillo como guarnición no sabrían, las pobres, el para qué de su existir.

Pero son tontadas que yo digo.

No me hagáis caso.

Y las mujeres – curiosamente las de los países donde más problemas van a encontrar los hijos que paran – seguirán pariendo, como conejas. Y con la misma falta de raciocinio de las conejas que (eso las exonera de culpa) no tienen responsabilidad sobre sus actos.

Y así crece, de día en día y porque la (…) – empieza con “J” – es un derecho humano, una estirpe de esclavos.

Y hablo de las mujeres porque por esos azares de la vida yo lo soy. Pero, para los hombres, pues la misma receta; que, lo puedo demostrar, es sencillísima.