DobleMente

Si adversidad en peligro vese sumida en zozobras que sumadas a su sombra la hacen doblemente verse…

¿Cómo se verá qué sobra del temor a que se asiente en el ánimo asustado del que si la padeciere sufriríala receloso, amedrentado y consciente de que si ella lo dejara abandonado a su suerte no sabría cómo valerse cuando, al mirarse al espejo, ya no se reconociera ni preso más de amenaza ni del hilo que lo enlaza al infortunio pendiente?

Más enigmas

Sabores de a miel y a trufas

Apenas si les llegaban a los ojos los lamentos y a los labios los colores de las voces que elevadas a pedestales oyeron, desde lejos y hasta entonces, antes nunca descubiertos sabores de a miel y a trufas ni rigores de completas horas rezadas a sombras de candiles en alcobas de reverendas augustas recogidas a sus solas.

Llegaban sí, desde el rosa, concurrencias de alebrores que, pálidos, desabridos, no hallaban punto ni hora, ni remanso ni resquicio, por donde salir airosos del encierro tan oscuro, tan estrecho y tan remoto en que habitaron proscritos por no entrar en pormenores de paladares angostos ni de visiones asíncronas.

Algarabía

El problema no era sólo que y aunque ya sería muy poco para refrendar que las musarañas  vinieran en apretada comitiva, como es de rigor, que no bien de recibo acusado por quién podría adivinar y a oscuras, además, como estábamos qué despreciable lenguaraz infiltrado con acreditación a todas luces falsa defendiendo y vociferando, con argumento tan de todo punto falaz como el “no son monas” desde la antigüedad con uñas y dientes el derecho a ser pensadas y ante la evidencia de que la aguja se negaba con obstinación a encarar la afrenta de no ser jamás encontrada en no importaba si pajar o cualquier otro lugar ella, la más hermosa de las monas y tras consensuar con sus hermanas ser la representante legal aun no siendo ello óbice para sin hacer gala de la menor piedad maldecir “¡pequeña cíclope!” accediese a ser pintada sino que  para complicar, si es que cabía, un poco más las cosas y como condición inexcusable luciendo el traje, los adornos y demás aderezos que identifican de manera inconfundible e inequívoca a todo personaje muy principal asegurando, con las cabezas muy altas que, herida en lo más profundo de su honor tan fino, ya se las ingeniaría ella para no pasar inadvertida y demostrar hasta qué extremos puede ser punzante o, por lo menos, con la dignidad indispensable para hacerse respetar si, como esperaba, la calzaban para ocasión tan memorable con tacones altos y finos de esos que llaman de… “¡pequeña cíclope!”

Peregrinos del azar

Si caminas, me dijo, en línea recta regresarás al punto en que partiste, por la mitad de la línea que separa el sí del no, el tiempo pasado desde que olvidaste y el transcurrido hasta que volviste a recordar cómo sería el perfil de un futuro que, si llegaba, sería disfrazado de pretérito, sí, pero tan pluscuamperfecto y – por ir precisando – de subjuntivo que por más que quisieras reconocerlo lo confundirías, como ya sucediera en tantas ocasiones, con el ir y venir de las olas o, si te sorprendía desgranando las cuentas del collar que te obstinabas en llamar “de perlas” aun sabiendo, como muy bien sabías, que eran sólo abalorios de muy poco valor, con el traer y llevar ― a sus espaldas ― de recados y otros enseres los peregrinos del azar y, en tal caso, desnortado y perdido el oriente, se precipitaría, como loco, a buscarse sin pararse a recapacitar que, en su atolondramiento y en sus prisas, estaría obviando, ignorando, pisoteando aquella característica tan inconfundible, única y tan suya, que tan pronto puede hacerlo ser aguardado con temor como con alborozo y… entonces, entonces aun no queriendo reconocerlo entenderás que no podrías confundirlo aunque quisieras, que es el punto desde el que partiste, por la mitad de la línea que separa el sí del no, el tiempo pasado desde que olvidaste y el transcurrido hasta que volviste a recordar cómo sería el perfil de un futuro que, si llegaba, sería disfrazado de pretérito, sí, pero tan pluscuamperfecto y – por ir precisando – de subjuntivo que por más que quisieras reconocerlo lo confundirías, como ya sucediera en tantas ocasiones, con el ir y venir de las olas o, si te sorprendía desgranando las cuentas del collar que te obstinabas en llamar “de perlas” aun sabiendo, como muy bien sabías, que eran sólo abalorios de muy poco valor, con el traer y llevar ― a sus espaldas ― de recados y otros enseres los peregrinos del azar y, en tal caso, desnortado y perdido el oriente, se precipitaría, como loco, a buscarse sin pararse a recapacitar que, en su atolondramiento y en sus prisas, estaría obviando, ignorando, pisoteando aquella característica tan inconfundible, única y tan suya, que tan pronto puede hacerlo ser aguardado con temor como con alborozo y… entonces, entonces aun no queriendo reconocerlo entenderás que no podrías confundirlo aunque quisieras.

Más Oquios

Compadecencia

‒ ¿Podría usted proporcionarnos una descripción de la encauzada?

‒ Parecía una de esas duermevelas curvadas que tan pronto se bifurcan hacia el inminente arrebatar el azul al calor del fuego como hacia el violento entrechocar de candiles contra maledicencias, pero si se la observaba con detenimiento podía apreciarse que tenía un sabor muy parecido al que se desprende, en pequeñas escamas parpadeantes como si fueran de obsidiana o ― tal vez y para los menos exigentes ― de una muy poco frecuente variedad  de olorcillo impreciso a costumbre de no dejarse intimidar por el aletear impertinente que producen los miedos cuando se los obliga a abandonar a sus vástagos en mitad de un temporal, de la tendencia tan acusada que tienen ― no todas, pero sí muchas y sobre todo las de colores lentos ― las embocaduras de determinados instrumentos que, siendo de percusión aun sin descartar que los pueda haber de cuerda, se empecinan en cabalgar a lomos de bolas de nieve que, antes o después, terminan por derretirse.

‒ Comprendo. Pero díganos, ¿la observó con el detenimiento suficiente como para poder apreciar tantos detalles?

‒ No tuve tiempo. La bola era demasiado pequeña, y el día uno de esos, ya sabe, terriblemente caluroso de pleno verano.

Imprudente sensación

Discurriendo, así, a buen paso, y sin pararse a bruñir qué pudiera concitar el alegre balbucir de los blancos aledaños de la orquídea sesteante en brazos de los resortes oscuros de un pedigrí carmesí y más bronco, incluso, que la incuria en que se vieran sumidos los pasamanos de escaleras a desvanes o, en su intelecto, los trasgos que deambulantes disipan las deudas de los tiranos; trascurría, entre sargazos, la imprudente sensación de haber desgajado el don que adornara el estertor cuellilargo y retozón del eslabón de la flor pendiente del aldabón que del sueño la arrancó.
‒ ¡Si te hubieras avenido! ― se musitó, consternada, y teniendo para sí que en torrente o en desliz no sería ni en punto hora ni en presagio azul o gris ni, en sensación, salvadora.

Más Silogismos