Tiempos indelebles trazos perdidos

Delgados, apenas si se perciben, esos trazos indelebles que marcan tiempos perdidos revelando, desmedrados, mortecinos, claros errores rebeldes que se esconden de un olvido por evitar que resurja porqué de sinrazón nueva con razones peregrinas…  Tan oscuras que dan miedo y tan necias que dan risa.

Más Circunloquios

Estragos

Se decía que era bajito, y amotejado y oblicuo, descalabrado y fangoso, y caminaba vertiendo esquinas y dilatando los cinceles de armaduras que, al crujir de nubarrones calientes pero de arena, cautivaban desde el ronce de sus colmenas heridas los flamencos que encajaban entre los dientes las tórridas caricaturas de algunos ― pocos, y de los más áridos ― que, desconociendo el cuánto del para qué de adminículos tropezando entre colores o descuidando asteroides, escapaban de tornillos, de pincernas y bolsores, para estragarse a descuento en trazos de mil resquicios que los trenzaban ― de a cuatro ― y luego los dirimían hasta dejarlos en ciernes o, cuando menos, en liñas.

Más Exequias

Veleidades

La concatenación del adjetivo con la cuadratura del círculo, implementada desde el titilar verdicansino del zozobrar ignífugo de la tercera vértebra dorsal, desenmascara el pelaje transversal pero nunca conspicuo de la contrafrecuencia con que se decanta el do de pecho hacia la fungibilidad del tremor, tan acusado, del cuarto no necesariamente oscuro, ni de espadas, pero sí menguante.
Es entonces cuando, constreñida hasta el límite último de su pequeñez, la frecuencia, no continua del todo pero tampoco (y en ausencia de resolución precisa) discontinua o carente por completo de armonía, se enroca en veleidades de a las tantas ― o menos, a ojo de buey ― que, para usufructo de los descontentos proclamando a los cuatro vientos (y un retal de vientecillo remolón, que se desestimó) que los altavoces anunciaron iban a ser puntuales, se presentaron sin aviso previo ni (por añadidura) un mínimo de cautela de muy buena mañana y desentendidas por completo y sin rubor de si era de autos, o de abril, o de tormenta…

Margarita

Leonesa ella, de mejillas amoratadas de tan rojas, y de estatura corta pero complexión tan fuerte que, cuando algunos días a media mañana la veíamos embutida en un abriguillo azul que le quedaba estrecho, tocada con su cofia y con sus guantes blancos desfilar tras Chirino cargando cada uno una de las espirales de viento que llevaban, por lo visto, a alguna forja o fragua, no parecía estar haciendo, a juzgar ― dice ― por el aplomo con que mantenía un pasito tras otro de sus pies tan pequeños siempre el mismo ritmo, esfuerzo alguno.
Chirino, por entonces, nos daba clase de inglés y también algo de modelado y dibujo y, en el espacio que quedaba entre el gimnasio ― una construcción de madera que podía ser tal vez prefabricada, pero muy bonita, adosada con mucha gracia al flanco izquierdo de un vestíbulo que, por el derecho, daba acceso a una habitación circular (de piedra, como el vestíbulo) donde, recuerda, nos recibió Mari Pepa la primera vez que fuimos para ver si había plaza y si me admitirían en aquel colegio que parecía reunir los requisitos que deseaban mis padres: un colegio no religioso que quedaba tan cerquita de casa…― y la tapia trasera que separaba el colegio del campo, trabajaba el hierro.
Era bastante sarcástico y un poquito mordaz y, entre bromas y veras y su saber decir de aquella manera que me hiciera pensar que todo lo inglés era pura elegancia ― él no era (o “es”, quiero decir, porque no he leído ni escuchado que no siga en este mundo, aunque sí sobrepasando ya los 80 años) inglés, sino canario, pero ponía por las nubes y adoraba todo cuanto tuviese que ver con Inglaterra en general y con Londres en particular ―, en más de una ocasión bajó los humos de alguna vanidosa. Yo lo vi.
Fui testigo en más de una ocasión de su aversión a ciertas estupideces aunque, para no faltar a la verdad, también a veces fui su víctima.
No por los mismos motivos que las otras, ¡ni muchísimo menos!, creo que lo que de verdad le irritaba de mí era mi timidez, mi cortedad, la falta de temperamento o de valor para plantar cara, yo, por mis propios medios, a ciertas maldades que las personas con autoridad ― Pepita, Many, Mari Pepa ― no habrían debido consentir caso, que no se dio, de haber andado atentas.

Dice.

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